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¿Dónde está Liz? Parte 1. La pérdida.

  • 23 jul 2018
  • 3 Min. de lectura

¿Dónde está Liz? La busco, ¡la busco! Y nada que la encuentro.

Aquí tengo su cuerpo, pero ¿Dónde está Liz? Que nada que la encuentro…

¿Dónde está Liz? Me lo pregunto desde hace días, solía tenerla aquí escondida en lo profundo, me gustaba sentir su fuerza, su valentía, su vitalidad, disfrutaba como reía con las diabluras que se me ocurrían y como me hacía reír con su implacable y hasta macabro humor negro, pero hace ya cerca de un mes que no la siento…

¿Dónde está Liz? La busco, ¡la busco! Y nada que la encuentro. Me han dicho que escapó de la ruda coraza que había hecho para protegerla, fortaleza que tan amorosamente le tejí para rearmarla cuando estaba rota en mil pedazos, dicen que salió corriendo en busca de un ángel, estoy preocupada, ahí va derecho a estrellarse de nuevo, no puedo salvarla…

¿Dónde está Liz? La busco, ¡la busco! Y nada que la encuentro. Sí, aunque suene extraño las demonias también tienen angustias, hoy es uno de esos días, en donde el vacío que me dejó lo llenó de preocupación…

¿Dónde está Liz? La busco, ¡la busco! Y nada que la encuentro. Bien es sabido que ese ángel está pagando condena por crímenes nunca cometidos, se halla en medio de la nada, lugar donde no llega ni su Dios. ¡Liz enloqueció! (Eso no es nuevo), aquí lo dejó todo, solo se llevó sus miedos y me pregunto

¿Dónde está Liz? La busco, ¡la busco! Y nada que la encuentro, al volar hacia el medio de la nada he encontrado un pedazo de ella, ese ángel de mirada triste y voz de automático tiene en sus manos una cruz rota que contiene en lo más íntimo el corazón de Liz, el angelical ser teje una celestial armadura para verse más fuerte, pero a esta demonia nadie le miente… allí a la orilla del mar inexplorado hay ángel triste con el corazón de Liz escondido en una cruz, pero

¿Dónde está Liz? La busco, ¡la busco! Y nada que la encuentro, he andado muchos kilómetros, llevo conmigo su cuerpo, sus amigos sostienen partes de su alma, pero no está ella, solo pedazos, pedazos y más pedazos de ella por todas partes, aquí mirando sus ojos muertos le pregunto:

¿Dónde está Liz? Que la busco, ¡la busco! Y nada que la encuentro. Dicen que la vieron en el Valle de los Susurros, y que habían voces que le decían, le cantaban, le escribían y por supuesto le susurraban que la flor venenosa que alguna vez amó y con cuyo veneno se dañó no era ninguna flor, era un nauseabundo ser que nada le importaba secar las otras vidas con tal de mantener su apariencia de hermosa y dulce flor, mientras en sus venas recorría el veneno que configuraba su real y vomitable ser. Y sigo andando de ciudad en ciudad, siguiendo su rastro, pero nadie responde a mi pregunta insistente:

¿Dónde está Liz? La busco, ¡la busco! Y nada que la encuentro. Cuentan que descubrió que la flor no era flor sino un mar de mentiras, entendió porque la primera silaba del nombre que durante mucho tiempo le resultó hermoso era mar, (delataba su verdadero ser) y que la jardinera que jugaba a ser su amiga y fiel compañera, no era nada más y nada menos que la ballena que habitaba en ella…

¿Dónde está Liz? La busco, ¡la busco! Y nada que la encuentro. Renunció a la demonia que la protegía; se arrancó el corazón, lo disfrazó de cruz rota, lo dejó en medio de unas manos de ángel triste en quien confía lo cuidará siempre; volvió con su cuerpo y el alma medio muerta a ver como la flor se revelaba como enfermizo mar y la ballena nadaba en ella sin cesar, sin pena, sin dolor por romperle su alma ya muerta. Atardece ya en el Valle de los Susurros, el fétido olor de ese mar sucio, enfermizo y la monstruosa ballena sigue su nado sin pena y sin gloria; la luz se ha ido, Liz ha desaparecido, quizás para renacer de nuevo; quiero creer que es cierta esa promesa que me hacia robándose las palabras del poeta ruso cada vez que tenía que enfrentar sus miedos: "Aunque me mates, aunque me entierres, me levantaré de nuevo". Más aquí sigo yo, preguntándome: ¿Dónde está Liz? La busco, ¡la busco! Y nada que la encuentro.


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