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El día que me convertí en tortuga

  • 16 abr 2020
  • 4 Min. de lectura

“Fue el primer día de mi vida donde deseé profundamente que existiera un cielo y un Dios bueno para que le recibiera”

Dormía profundamente disfrutando de la oscuridad propia de la noche, soñaba algo, lo supongo, fue hace 19 años así que los detalles se han ido desdibujando con el tiempo.

Gritos ensordecedores de mi hermana por toda la casa, presa de la angustia que le hacía emitir desgarradores sonidos, me despertaron, o quizás, yo había abierto los ojos para que comenzara la peor de mis pesadillas.

Ahí están las manos de mi madre sobre mi cabeza, la mirada perdida y la voz ausente, un leve susurro repite lo que mi hermana aullaba cual animal herido: ¡tu hermano ha muerto, acaban de asesinarlo… fuego amigo… tranquila! Acto seguido la voz de mi madre desapareció… para hacerlo durante mucho tiempo.

Tenía 14 años y era una señorita del común, décimo grado y toda una carrera profesional a nivel deportivo por delante. Me encontraba a la edad suficiente para entender la gravedad del asunto: Mi hermano, mi héroe, mi todo, había muerto…


Era mi papá (el nuestro se había ido muchos años atrás, yo tenía tres años y poco me importó, nunca entendí eso de la separación, el que trabajaba para mi bienestar era él, mi hermano)…

Mi amigo (siempre me decía que los hombres son unos perros, pero que si los amaba seguro iba a encontrar uno que me fuera fiel, porque los perros también son fieles con quien bien los trata)…

Mi consejero (Deje de estar dejando que la traten mal, me gritó una vez que le conté que en colegio me habían pegado y me dijo: no le voy a durar toda la vida, aprenda a defenderse sola)… Esa frase fue profética, pues fue lo que me dijo la última vez que nos vimos… estaba de descanso y nos había ido a visitar, nunca creí que fuese el anuncio del fin, para mí fue solo el sermón del momento.


En mi cabeza las manos de mi madre que me apretaban contra su pecho, sin lágrimas en sus ojos, con su voz escondida quizás en el pedacito de corazón que le quedó, su cuerpo estaba allí pero ella se había ido, mi hermana casi al borde de acciones esquizofrénicas solo gritaba, corría y se lamentaba, a la pobre nunca se le ha dado eso de manejar las emergencias como persona racional…

Entendí en ese instante que debía tomar las riendas de la situación y para ello necesitaba estar más tranquila y racional que nunca.


Fue allí cuando comenzó mi transformación a tortuga… bien es sabido por todos que las tortugas tienen una fuerte caparazón que las protege de los ataques y peligros del exterior. La naturaleza les ha dado esta protección porque su cuerpo es muy blandito y muy vulnerable, si no tuvieran caparazón morirían pronto, presa incluso del más débil depredador…


Y como las tortugas, me tuve que cubrir con una coraza del “Todo está bien”; “puedo manejarlo”; “claro que seguiré los procesos”; “La perturbación que tengo no ha interferido con la cordura”; mientras me tragaba todo el dolor que sentía, lo compactaba en lo más profundo y como diría el payaso en el circo según el Cuarteto de Nos “El show debe continuar”

…y fui diplomática, cortés, racional, seguí los procesos y protocolos que se siguen en los funerales de los policías: Recibimos el cuerpo de mi hermano y estuve siempre al lado de mi mamá, conservando la aparente calma y abrazándola, abrazando su cuerpo, porque mientras velaban y enterraban a mi hermano, mi mamá se iba con él y nada podía hacer, solo presenciar cómo se iban, y mi hermana… bueno, también allí con ella… un poco más alejada quizás, porque me desesperaba lo suficiente como para que se me dañara la coraza recién armada…


Pasaba el tiempo y mi voz era como un susurro que se lleva el viento, porque los menores de edad, así tengan 15 años somos seres invisibles cuyas participaciones no importan porque: “Es una niña, no sabe nada de la vida, qué puede decir una adolescente frente a la guerra… pobre, no entiende”… la coraza se hizo más fuerte, supe que debía encargarme de lo que hacia mi hermano, era mi responsabilidad sostener mi casa, defenderla y protegerla; para ello debía ser fuerte, valiente, y si me caía pues me levantaba, tenía que estudiar para poder asumir todo lo que cubría mi hermano y para poder ser profesional, pues él no fue a la U, sino de una para la Policía para que yo pudiera estudiar, ahora más que nunca no puedo fallar, no están permitidos los errores… debo seguir y hacer que haya valido la pena el esfuerzo, debía ser profesional y la persona que velara por mi hogar como él lo hacia…


Y aunque mi mamá volvió a renacer con la llegada de mi hija, el vacío de mi hermano se siente aún en nuestra nueva casa. En cada policía veo su imagen, añoro que fuese él y poderlo saludar, reírnos y que me presente a los “amiguitos”, para eschucharlo decir: "no les crea a esos manes que todos son perros, pero ya sabe, trátelos bonito, porque el perro se vuelve fiel con quien lo trata bien". Aquí estoy con mi caparazón, convertida en tortuga: viajera, aguantadora, perseverante y extrañándole, pues aunque ausente, él aún cuida de mi madre, ninguna cifra económica compensa el vacío tan enorme que hay en mi vida sin él…


Soy una tortuga... de grueso caparazón, solitaria, lenta, viajera y resiliente.


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Nota: El Patrullero Freddy Castaño Lasso fue asesinado en Rosas Cauca el 16 de septiembre de 2002, bajo el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, en hechos confusos donde la policía abrió “fuego amigo” con otra patrulla de la misma fuerza armada, siendo las 9:50 de la noche, en la curva conocida como la Virgen, Rosas - Cauca. D


onde la visibilidad a causa de la neblina era prácticamente nula y la comunicación por radio prácticamente inexistente. Ambas patrullas iban a atender la presunta asonada que preparaba la guerrilla a causa del paro camionero que se llevaba a cabo ese día. Cuatro patrulleros fueron heridos, tres de ellos trasladados en helicóptero, sus vidas salvadas y sus cuerpos mutilados; el cuarto, mi hermano, llevado en una ambulancia sin gasolina (paró a tanquear) y en pésimas condiciones (oxidada) para Popayán (a dos horas de Cauca), murió desangrado en el camino a causa de los tres impactos de fusil recibidos, uno en el glúteo, otro en el pie y el mortal en la arteria de la pierna.





 
 
 

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